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José Luis Pantoja Vallejo

Personas y Personalidades

Pasión por reproducir el patrimonio de Lopera.

Pasión por reproducir el patrimonio de Lopera.

Por José Luis Pantoja Vallejo - Cronista Oficial de la Villa de Lopera. 

En la popular calle José López Quero podemos encontrar cualquier día de lluvia o festivo trabajando la madera al loperano Francisco Cobo Jiménez. Aquí pasa Francisco sus ratos libres haciendo verdaderas obras de arte en miniatura, usando para ello de modelo los edificios más emblemáticos del patrimonio de Lopera. Con maderas nobles como el tilo y el pino Paraná y unas manos prodigiosas ha levantado a una escala imaginaria la torre del campanario de la Iglesia Parroquial. Su nuevo reto es poder completar la fachada de la iglesia y unirla al campanario. Esta pasión por trabajar la madera le viene a Francisco de su infancia cuando estuvo de aprendiz de carpintero en Lopera. Ahora compagina las labores en el campo y construcción con su gran pasión por modelar en madera los edificios de su pueblo y darlos a conocer en una exposición.

Una era en miniatura.

Una era en miniatura.

Por José Luis Pantoja Vallejo - Cronista Oficial de la Villa de Lopera.


Otra manera de recuperar y dar a conocer los viejos oficios en extinción. El loperano Diego Pérez Gutiérrez lleva camino de convertir su domicilio en un verdadero museo de artes y costumbres loperanas en miniatura de madera. Este octogenario comenzó hace unos años por interesarse en hacer objetos de madera en miniatura (sillas, puentes, pozos, etc.). Después realizó su gran obra maestra que le llevó casi un año y medio de trabajo, la reproducción en miniatura de una almazara de aceite, con todo el sistema de molturación a la antigua usanza (capachos, cubos para la masa, moledero, tolva, motor, termo, bomba a presión, vagoneta, depósitos, caldera de vapor, etc.). Tras el éxito obtenido y las buenas críticas de todos los que la llegaron a visitar en las distintas exposiciones llevadas a cabo en la provincia, se animó y pasó a reproducir con gran precisión un lagar para molturar uvas con castillete y prensa de husillo, pozuelos y andanas de barriles. En todas sus obras Diego Pérez ha dejado impregnado su arte y su buen hacer con unas mínimas herramientas (limas, garlopa, navajas, sierras, etc.) pues tiene unas manos prodigiosas y una memoria extraordinaria de como funcionaba y como era todo hace ya muchos años. Hace unos meses se propuso un nuevo reto, reproducir todos los aperos y animales que intervenían en las eras que había en la entrada de los pueblos, donde los campesinos tras la siega, volvían la parva al compás de viejas cancioncillas. Así ha conseguido reproducir fielmente todos los aperos que se llegaban a utilizar como la trilla, la pala, la bielda, las narrias, los rastros, la criba, la medida, la orca, los mulos, etc. con el único objetivo, como dice Diego, de “que sean conocidos por las nuevas generaciones y que nunca se pierdan, pues han sido durante muchos años los compañeros de trabajo de muchos loperanos”. A este loperano le encanta que los niños y las personas mayores se acerquen hasta su taller y allí les pueda explicar el funcionamiento de la almazara, del lagar y los distintos aperos que se utilizaban en las eras. Con todo este ingente trabajo Diego se siente útil y vivo a la vez, pues ha encontrado en el moldeado de las maderas a un gran aliado y que le estimula cada día para seguir adelante. En estos días son muchos los emigrantes que están pasando unos días en el pueblo y por tanto tienen una cita ineludible en el taller de Diego Pérez, pues a buen seguro que pasarán un rato agradable sumergiéndose en el pasado a través de las miniaturas en madera.

Ángela Uceda Díaz. El Trabajo como bandera de una octogenaria en su Museo de Arte Naïf

Ángela Uceda Díaz. El Trabajo como bandera de una octogenaria en su Museo de Arte Naïf

(Ángela Uceda Díaz junto a un tuno y sus instrumentos)

 

Por José Luis Pantoja Vallejo - Cronista Oficial de la Villa de Lopera.

Abre sus puertas el Museo de arte naïf de Lopera. Tras 13 años de intenso y duro trabajo, la loperana Ángela Uceda Díaz de 87 años ha visto cumplido su sueño al poder finalizar y organizar en estanterías la multitud de piezas que alberga el museo que ha instalado en la buhardilla de su domicilio sito en la plaza de la Constitución de Lopera. Ángela Uceda es una mujer de formación autodidacta, que le encanta crear formas y modelos a su antojo y que ante todo no considera las piezas de su museo como arte, sino como ella misma dice “es el trabajo que a diario vengo haciendo en los últimos años”. Hace poco más de una década y tras superar una operación de la pierna izquierda, se marcó como reto el montar un museo con todos los objetos que a diario ha ido confeccionado con unas manos prodigiosas y una imaginación maravillosa. Su obra que ahora pueden ver todos los loperanos se compone de la friolera de más de 500 cuadros al óleo de estilo naïf, del cual nos dice que ella no sabía ni que existía y que llenan a rebosar las paredes de su buhardilla y cuyos lienzos ella misma confecciona con restos de telas viejas y otras que adquiere de los mercadillos y los monta sobre listones desechables de las carpinterías. Sus cuadros están realizados sin boceto alguno, pues los comienza y termina con el pincel, pintando directamente sobre el lienzo, donde destaca ante todo la viveza de sus colores ( amarillo, rojo, salmón etc.) y representa temas muy variopintos, que van desde las estampas costumbristas de su pueblo natal, hasta pasar por paisajes de toda España, su colección de payasos y pájaros, sin olvidar los retratos. Otro apartado que también tiene cabida en su particular museo son las más de 400 muñecas y pelotas de lana y de fieltro, sin olvidar sus procesiones en miniatura del Corpus, El Rocío, La Romería de la Virgen de la Cabeza, Los Mayos, los Trajes regionales, La Tuna etc. Otras miniaturas de madera como un dormitorio realizado con una pequeña navaja y edificios arquitectónicos en corcho, amén de otros más de 300 objetos de plástico (bolsos, monederos, canastos, pañitos etc.). Un apartado especial lo dedica a los 13 trajes que ha bordado a mano ( uno por año) a la imagen del Niño Jesús que estrena cada navidad y las muñecas desechables de sus sobrinas y otras que la gente les da, que también las ha ataviado de una manera personal y espontánea. Otro apartado del museo se dedica a los dos libros que Ángela Uceda ha escrito, uno sobre recetas de cocina y otro sobre repostería, con más de 200 diseños diferentes para adornar las tartas y la elaboración de flores con azúcar derretida, a base de quemarse los dedos de las manos. Un último apartado lo dedica a la costura y confección de bordados de mantones de Manila y ganchillo. Una mujer en definitiva que ha encontrado en el trabajo diario del arte su gran aliado para seguir pegada a la vida y que hace multitud de cosas a su manera y sin arquetipos y con ello disfruta y se siente viva. Ángela Uceda es ante todo tesón y tiene desatino por el trabajo y no le gusta ser protagonista, por lo que constantemente resta valor a sus obras y lo que si valora es el trabajo de una mujer octogenaria, que no le importa pasar más de 15 horas diarias dedicadas a la creación de nuevas obras de arte, de las cuales apostilla diciendo “que si no se ven no se pueden valorar”, por lo cual invita a todo el que quiera a pasar por su museo y poder contemplarlas.


Bartolomé López Coca y la artesanía de las jaulas de perdiz.

Bartolomé López Coca y la artesanía de las jaulas de perdiz.

(Bartolomé López Coca haciendo una jaula de perdiz)

 

Por José Luis Pantoja Vallejo - Cronista Oficial de la Villa de Lopera.

Las jaulas de perdiz un arte que se resiste a desaparecer. Cualquier mañana de los meses otoñales e invernales se puede ver en la puerta de su domicilio a Bartolomé López Coca, un loperano jubilado de 78 años, el cual se entretiene haciendo pacientemente y con gran destreza las jaulas para el reclamo de la perdiz que le encargan no sólo los cazadores de Lopera y la comarca, pues sus jaulas están presentes por toda la geografía nacional (Logroño, Madrid, Sevilla, Córdoba etc.) y ello le enorgullece a Bartolomé y le da pie para tener un aliciente y agarrarse a la vida y continuar siendo útil y siguiendo en la brecha haciendo jaulas. Este entrañable loperano ha dedicado toda su vida al oficio de hortelano, pero sus inquietudes por el mundo de la caza le hicieron que pronto comenzara a aprender como se hacían las jaulas de perdiz, y los ratos libres los ha pasado haciéndolas durante más de 30 años. Bartolomé es de los últimos loperanos que conocen el arte de hacer jaulas para el reclamo de la perdiz, no en vano sus jaulas no llegan a dormir en su domicilio y se las quitan prácticamente de las manos. En la confección de una jaula artesanal para pájaros de perdiz invierte un día y medio y las vende a 20 euros la unidad. Las mismas están realizadas con alambre de diverso grosor que va tejiendo sobre un molde de madera, también lleva un comedero de madera artesanal y un suelo realizado con fibra vegetal. Finalmente se le da a la jaula una capa de pintura verde, que sirve de camuflaje. Ahora prepara algunas para el reclamo de la perdiz que levantará su veda a mediados del mes de enero y se prologará hasta finales de febrero, será el momento de sacar de las fundas las jaulas y colgarlas en los improvisados puestos.

 


Eleuterio Ramírez Torres. El último melonero loperano.

Eleuterio Ramírez Torres. El último melonero loperano.

(Eleuterio Ramírez Torres en su melonar junto a sus perras Loli y Canela. Año 2006)

Por José Luis Pantoja Vallejo - Cronista oficial de la Villa de Lopera

Unas vacaciones veraniegas de secano a la sombra del melonar. La siembra de melones, una tradición en vías de extinción. En pleno siglo XXI algunos loperanos siguen aferrados a la tierra y a cosechar melones. Este es el caso de Eleuterio Ramírez Torres que llega a pasar todo el día mimando sus matas de melones junto al arroyo del Pilar. Poco antes de las 10 de la mañana ya está este octogenario loperano caminado hacia el melonar con su botella de agua y talega al hombro. Después de darle con la mano hierro una pasada a las matas de melones para que se refresquen con el polvo, da varias vueltas por el melonar hasta que llega el medio día. Entonces a más de 40 grados, con un sol de justicia y con el sonido inconfundible de la chicharra, se sienta a la sombra de una estaca con la única compañía de sus perritas “Loli” y “Canela”, y se come un buen cachurro (pan, aceite, bacalao y una o varias tajadas de melón) y después duerme su siesta bajo la estaca sin importarle de ningún modo el sofocante calor que se deja caer tórridamente a esas horas del día. Dice que este desatino que tiene por el melonar es lo que le mantiene vivo y no le importar estar junto a su melonar hasta pasadas las 11 de la noche que de nuevo regresa a su casa. Así un día y otro durante varios meses, pues la siembra del melonar tiene lugar en los meses de marzo y abril y requiere muchos cuidados. Eleuterio nos contó la forma tradicional de cómo se siembran y cultivan los melones en Lopera. Así comienza preparando la tierra para que este bien labrada y a continuación coge una cuerda larga y cada dos varas (un metro y sesenta y siete centímetros) le pone una mota de color para marcar los hoyos. Esta cuerda a su vez tiene tres estacas que le sirven para clavarlas en el suelo. Una de las estacas la clava en uno de los extremos de la cuerda y en el otro extremo lleva las dos restantes, una sirve de “guindaleta” y estaba a dos varas de la otra estaca que sirve para marcar la camada. A continuación se hace una maestra con la cuerda y en cada mota de color da una cavada con la azada con el fin de ir marcando los distintos puntos de siembra. Posteriormente en cada cavada va depositando un poco de estiércol y de 6 a 10 pipas de melón (cuantas más pipas se echan, más fuerte sale la mata). A los 10 días suele nacer la mata de melón y comienza este melonero a “apolcarla” (cavar alrededor de la mata, allanar la tierra y taparle las grietas que con el sol suelen salir) y comienza a quitarle pies a la mata hasta dejarla con un solo pie. A los pocos días comienza a darle plana (arado con forma de cuchilla para quitar las malas hierbas que va tirado por un mulo). Cuando la mata empieza a echar los ramales, le echa la “palaílla” (la cabeza de la mata del melón) en la parte de atrás de la mata, después le echa una palada de tierra. Por último con la mano hierro le da polvo al melonar para refrescar las matas y le va haciendo más grande la cabeza. Así llegamos al 24 de junio, San Juan que era cuando las familias enteras de Lopera se iban a cuidar los melonares y hacían una choza con palos, rastrojo y tarae y delante de la misma se le hacía un sombrajo con los palos para que entrara el aire. (Hoy ya nadie hace chozas). Para el 18 de julio nacen los primeros melones llamados “avispados” o “mauros” que desprenden un olor genuino. Otros tipos de melones que también cría este loperano son los “cobrizos”, “coronilla”, “arrugado negro”, “de pana o de invierno”, “melón blanco”, “blanco con listas” y el “negro” que se suelen recoger más tarde y aún hay personas como el hermano de Eleuterio, Juan Ramírez que los cuelga con cuerdas en las vigas de la casa y los va consumiendo hasta llegar la Navidad. Una estampa que ya se ha perdido en Lopera era que durante todo el verano era normal ver gran cantidad de camiones cargados de melones que se repartían por todos los mercados de Andalucía y que dieron justa fama a los melones loperanos y que ha quedado plasmado en algunas enciclopedias y diccionarios. Hoy el uso progresivo de abonos químicos y herbicidas ha provocado que la siembra de esta fruta típica en Lopera se encuentre actualmente en vías de extinción, sin embargo aún quedan los últimos meloneros como Eleuterio Ramírez, y los hermanos Juan José y Francisco Hueso Gascón, que siguen manteniendo contra viento y marea una tradición que si nadie lo remedia de aquí a unos años formara parte de la historia. Mientras tanto dejamos a este puñado de hombres que siguen aferrados a la tierra y que han encontrado en el melonar sus vacaciones veraniegas.


Diego Manchado Cerezo. Una vejez rejuvenecida entre aneas.

Diego Manchado Cerezo. Una vejez rejuvenecida entre aneas. (Diego Manchado echando un culo de aneas a una silla. Año 2005)

Por José Luis Pantoja Vallejo - Cronista Oficial de la Villa de Lopera.

En pleno siglo XXI, aún se siguen conservando viejos oficios que nunca deberían de desaparecer, pues sin duda forman parte de la idiosincrasia y las costumbres de los pueblos de la provincia de Jaén. Este el caso del silletero, que en Lopera está luchando contra viento y marea por mantenerse gracias a Diego Manchado Cerezo, un loperano jubilado de 78 años de edad, que sueña cada día con poder enseñar este oficio a un joven, con el único objetivo de entregar el testigo y de que no se pierda la vieja tradición de echar asientos de anea. Ahora en pleno otoño y durante el invierno, Diego pasa gran parte del día en su pequeño taller de la Huerta Moreno donde rodeado de aneas y en compañía de sus perros mata el gusanillo, a la vez que se entretiene y de paso accede a las peticiones de algunos amigos y sigue echando culos de anea. Con unas manos hinchadas y algo atrofiadas Diego sigue entrelazando aneas, para las que sólo necesita la habilidad de sus manos, tabletas, punzón de madera, espátula, navaja y tijeras. Las aneas nos comenta Diego Manchado que las recoge del arroyo del “Molinonuevo” donde se crían en abundancia, luego las pone al sol unos 15 días y cada 2 días le da un riego con agua. Para hacer un buen asiento de anea tiene que dedicar un día por completo de trabajo y suele cobrar unos 20 euros, con este dinero no se llega a pagar la cantidad de horas que tiene que echar, ya que nuestro silletero es muy meticuloso en sus trabajos, pues siempre le gusta presentarlos muy bien acabados, aunque para ello tenga que sufrir más de lo normal la cintura y sus manos. En este trabajo, siempre ha utilizado el sistema tradicional de cruzar las aneas, pues la anea no se amolda a dibujos como es el caso de otros materiales como las cuerdas. Este tiempo es el mejor para trabajar la anea, pues en verano se reseca y no se puede trabajar, en este sentido nos comenta que la anea con la humedad se moldea mejor y no se tiene que mojar, pues si se moja mucho la anea, al secarse el asiento, éste se queda suelto y pierde cuerpo. La vida de los asientos o culos de anea tiene sus días contados, por suerte aún existen algunos loperanos que apuestan por lo antiguo y genuino y siguen llevando a Diego Manchado, alguna que otra silla para que le eche el culo. Sin embargo cuando este entrañable loperano diga no más, la tradición del silletero de aneas se lapidará como otros tantos oficios que han ido desapareciendo en los últimos años en la localidad.

El final de una saga de herreros

El final de una saga de herreros

A nuestro padre,

José Pantoja Lozano.

In memoriam.


La rudeza del herrero contrasta con su sensibilidad para darle al hierro el toque necesario y que éste no se pase. Cuando la barra incandescente salía del carbón, se iniciaba una sesión de trabajo hundiendo una y mil veces el martillo en la masa rojiza. Como el niño que construye figuras de plastilina, nuestro padre mimaba el metal llameante y le daba forma a su antojo. Lo metía un poco en agua, repiqueteaba el martillo en el yunque, miraba y remiraba la forma que iba adquiriendo, y seguía, seguía hasta que el tono se apagaba y aparecía como por arte de magia aquello que él deseaba.


Un poco de historia


Con el fallecimiento el pasado día 25 de enero de José Pantoja Lozano, se ponía el punto final a una tradición de herreros en la villa de Lopera. Los inicios de esta saga de herreros habría que situarlos en la vecina localidad de Marmolejo hacia mediados del siglo XIX, aquí Bartolomé Lozano Pedrajas montó la primera herrería en la calle Arroyo. Fruto de su matrimonio con Petra Muñoz Fernández, nacieron tres hijos Antonio, Pedro y Miguel Lozano Muñoz. De los tres, sólo Antonio siguió con la tradición de la herrería, la cual se trasladó a la calle Ramón y Cajal, 11. Antonio Lozano Muñoz conocido como “El sorono”, pues no en vano también compagino su trabajo en fragua con el de maquinista del cine de Basilio y en el de Ramona que era de verano, enseñó el oficio de herrero a varios aprendices, entre ellos a “Periquito el herrero”, Palomares y a otro llamado Antonio Pantoja Lopera, que a la postre sería su yerno al enamorarse y casarse con la hija del maestro, Petra Lozano Maderas.


El polifacético Antonio Pantoja Lopera


Tras licenciarse y pasar unos meses en Marmolejo, aún soltero, Antonio Pantoja Lopera decide trasladarse a nuestro pueblo y montar una herrería por su cuenta junto al Molino de Pijita en la calle Cánovas del Castillo número 38 (hoy almacén de Julián Alcalá Hidalgo en la Avda. de Andalucía).

El maestro Antonio Pantoja Lopera, contrajo matrimonio con su novia Petra Lozano Maderas el 11 de septiembre de 1929 y se instaló definitivamente en Lopera. Fruto de esta unión fueron 7 hijos (dos de ellos mellizos que fallecieron con corta edad), ninguno de los cuales, curiosamente, nació en Lopera, pues había costumbre de que su mujer se trasladara al final del embarazo a casa de sus padres y que allí nacieran los retoños, por lo que fueron inscritos y bautizados en Marmolejo. Pronto crecieron los hijos al calor de la fragua y se instruyeron en el arte de dar el fuelle y de aprender el oficio del herrero.

El trabajo en la fragua era muy duro, pues al no existir soldadura, todo se realizaba a base de calor y los hierros se tenían que unir en la fragua o por medio de remaches. Fueron duros momentos los que tuvo que pasar la familia Pantoja al tener que taladrar con máquinas manuales y con brocas forjadas a mano para poder traspasar duros hierros. Eran tiempos difíciles para el herrero por la tremenda fuerza que exigía su profesión. En los años 40 y 50 calzar unas rejas valía 3 pesetas y el jornal de campo estaba en torno a las 20 pesetas, así que muchos martillazos había que dar para ganar el jornal calzando rejas.

El incombustible y polifacético maestro Pantoja alternó la herrería con múltiples trabajos como vendedor de máquinas de hacer alpacas, tabernero en Marmolejo, vendedor de muñecas en la Feria de los Cristos, hasta llegar a sus últimos años en los que ejerció como chatarrero, distribuidor de periódicos y transportista de tabacos, etc.

José Pantoja Lozano, el último herrero


A los 14 años ya trabajaba en el taller que la familia Pantoja montó en la calle Bartolomé Valenzuela (hoy García Lorca número 8 a la altura de la casa de Juan de Dios Porras Coca). Corría el año 1944 y en taller trabajaban hasta 7 operarios. Los trabajos que se hacían eran, además de los de forja, arreglar los arados, calzar rejas, mantener los aros de los carros, etc. A José pronto se le unieron sus hermanos Antonio, Manuel y Vicente en las labores de la herrería, aunque sería Manuel el que más tiempo pasara en la misma hasta que se marchó a Madrid para trabajar en la fábrica de camiones Pegaso.

José Pantoja Lozano también compaginó otros trabajos con el de herrero. En los inviernos, al disminuir el trabajo por el periodo de la recogida de aceituna, ejercía funciones de tractorista con Miguel Moreno y también como maestro en el molino de aceite deVerdejo, junto a su gran amigo Antonio Hidalgo. A los pocos años de casarse con Margarita Vallejo Bellido, y embarazada ésta de su hijo José Luis, el maestro José tuvo que afrontar una operación a vida o muerte, tras rompérsele la pleura del pulmón izquierdo. Una maravillosa intervención, que marcó época a cargo del Doctor Sagaz, y le posibilitó seguir durante más de 50 años ejerciendo el oficio de herrero ganándose la vida a base de martillazos y descomunales esfuerzos junto a la fragua. Así siguió realizando gran cantidad de herrajes para todos los vecinos de Lopera y alrededores, pues rara es la casa de Lopera que no tiene algo realizado por José Pantoja.

Muchas huellas han dejado para la posteridad la familia Pantoja en su dilatada vida como herreros en Lopera, por citar algunos baste recordar todo el herraje a forja (balcones, ventanas, postigos, escaleras, etc.) de la Casa de Bartolomé Valenzuela, las lámparas que penden de las bóvedas de la iglesia (junto al Maestro Conejo) y la de Jesús o las magníficas puertas de las bodegas Herruzo, las cuales aún se mantienen intactas y se pueden admirar en la parte central de las mismas los racimos de uvas y sarmientos que se hicieron a forja, por citar algunas de las obras.

Una tradición muy loperana que también ha dicho adiós con el final de los herreros era la que tenía lugar en Navidad. En los días previos muchos niños acudían en masa a la herrería de José Pantoja a pedir los “mocos de herrero” (escoria del carbón), a los que se le echaban harina encima y parecían montañas nevadas y servían para decorar los belenes.

Finalmente, fueron los gases inhalados en la fragua, unidos a la huella que dejó en José Pantoja Lozano aquella terrible operación citada anteriormente, los que fueron aflorando en su salud en los últimos años de su vida hasta acabar definitivamente con él en la noche del domingo 25 de enero de 2004.


Anecdotario


De las múltiples anécdotas vividas junto al yunque y la fragua, nuestro padre siempre recordaba y nos contaba aquella cuando en cierta ocasión se encontraba cortando un hierro en caliente en la tajadera del yunque y un trozo saltó con tal mala fortuna que fue a caer en una de las botas del aprendiz Antonio Alcalá “el Gallollo”. Al instante, éste comenzó a dar saltos, ante lo cual el maestro, Antonio Pantoja comenzó a hacer gestos indicando como que el muchacho se había vuelto loco. El aprendiz a toda prisa y como pudo consiguió meter el pié en un cubo de agua y al momento comenzó a salir humo de la cubeta. Entonces todos comprendieron a donde había ido a parar el trozo de hierro ardiendo.

Otra muy graciosa ocurrió cuando José Pantoja fue a reparar un motor en la Hacienda de Mendoza, uno de los aprendices que le acompañaba sin querer echó una herramienta al pozo y el maestro no tuvo otra ocurrencia que hacerle bajar al aprendiz al fondo del mismo para recuperarla y sí que la recuperó, recibiendo después el pertinente pescozón.

Una última tuvo de protagonista a Manuel Pantoja, el cual cierto día estaba en la fragua cortando pequeños trozos de hierro y se le ocurrió, junto a su hermano Vicente, una tropelería, que a la postre fue duramente reprimida a base de cogotazos por el maestro. Y es que por la calle donde se ubicaba el taller cierto día pasó una manada de pavos y Manuel tuvo la ocurrencia de echarle un trozo ardiendo a un pavo, el cual al verlo de tono rojizo rápidamente intentó engullir, sólo que el mismo no le llegó más lejos del propio cuello por donde salió rápidamente por un orificio producto del calor que desprendía el hierro. El pavo cayó fulminado al suelo donde murió al instante. El pavero le recriminó al maestro la travesura de sus hijos y finalmente le tuvo que pagar el pavo, que en la comida del medio día buena cuenta dieron los Pantoja en un guiso preparado por Petra.


Colofón: Retazos del recuerdo de Antonio Pantoja Vallejo

  • De mi padre aprendí muchas cosas que hoy aplico a diferentes áreas de la vida y del conocimiento. Lo principal era que nunca dudaba que podría solucionar los problemas que se le presentasen. Él lo aplicaba al campo de la herrería. Nada se le resistía, todo podría arreglarse. Pequeños trucos para manejar las herramientas, sencillas fórmulas para dar salida airosa a situaciones profesionales complejas, etc.

  • Recuerdo los veranos ayudándole en el taller de carpintería metálica y herrería. Cómo me enseñó a mimar el tubo al soldar para evitar hacer agujeros.

  • Me gustaba la forma tan peculiar que tenía de hacer la puntilla para señalar, el granete para marcar o cómo afilaba las tizas para hacer trazados finos.

  • La soltura con la que utilizaba la catalina y el espetón, los dos elementos que sirven al herrero para dominar el fuego que desprende el carbón enfebrecido, me retraen a tiempos imborrables.

  • Otro dominio impecable de mi padre en sus buenos tiempos era su facilidad para emitir tacos. Habitualmente no lo hacía, pero apenas se torcían las cosas, no cuadraba la división de los barrotes de una escalera o se rompía la broca, comenzaba a proferir una retahíla de tacos interminable. Pero a voces, nada de hacerlo en voz baja. Lo más gordo venía cuando se golpeaba el dedo con el martillo o cuando una de esas gotas traicioneras de hierro incandescente de la fragua o de la soldadura eléctrica penetraba por el calzado y le llegaba al pie. Entonces los carros de santos cagados pasaban por el taller en un desfile interminable. Pero aquello era de una inocencia atroz, fruto sin duda de una subcultura del taco que no pasaba de unas palabras malsonantes. Mi padre era inocente, inofensivo, como un niño grande. Enseguida, todo se apaciguaba, aunque a veces tenía que terciar mi madre para apagar el fuego que salía de su boca, mucho más abrasante que el de la fragua.

  • El verano de 1997 hicimos juntos la baranda de la escalera de mi nueva casa en Torredonjimeno. Para mí, aprendiz de herrero, fueron todo un lujo irrepetible aquellas inolvidables semanas junto a mi padre y mi maestro.

  • Y qué puedo decir de nuestro Atlético de Madrid, cuando en una final de copa fuimos a verlo a Madrid o cuando me llevó en la Ossa a Córdoba a presenciar un brillante Córdoba-Atlético. Su afición la heredó de mi tío Cristóbal al hacer la mili en Cuatro Vientos. Entonces se llamaba Atlético Aviación. Pero le pasó como a mí, nunca fue un fanático, y aunque se le erizaba el pelo del cogote si jugaba con el Real de los señoritos (como decía mi tío Cristóbal), hacía de tripas corazón cuando nos ganaba. Qué mal lo pasó en aquella final de la Copa de Europa frente al Bayern o los dos años que pasamos en segunda. En sus últimos años no sabía muy bien quienes eran sus jugadores, ni con quien jugaba cada fin de semana. Pero cuando murió, tenía en el bolsillo de su camisa un viejo bolígrafo con el escudo del Atlético y el almanaque de la temporada 2003/2004. Con él hasta la muerte.




Epílogo


El recuerdo del repiqueteo del martillo en el yunque

y de los silbidos acompasados,

saliendo de la herrería a borbotones,

nos acompañarán siempre.


Padre, siempre estarás en nuestra memoria.


Antonio y José Luis Pantoja Vallejo

EL ORIGEN DEL NOMBRE DE ROQUE Y LOS LOPERANOS NACIDOS Y BAUTIZADOS CON ESTE NOMBRE EN LA VILLA DE LOPERA (1591-1996)

EL ORIGEN DEL NOMBRE DE ROQUE Y LOS LOPERANOS NACIDOS Y BAUTIZADOS CON ESTE NOMBRE  EN LA VILLA DE LOPERA (1591-1996)

(Imagen de San Roque, Patrón de Lopera desde el año 1644) 

Por José Luis Pantoja Vallejo - Cronista Oficial de la Villa de Lopera.

Este año mi contribución a la historia de San Roque, Patrón de Lopera, va a girar sobre una peculiaridad, que no es otra que recopilar el origen de este nombre , así como todos los loperanos que han nacido y han sido bautizados, bajo el nombre de Roque en la Iglesia Parroquial de Santa María la Mayor, que posteriormente se pasó a denominar de la Purísima Concepción. Para ello nos basaremos en los Libros de Bautismos que se conservan en el Archivo Parroquial de Lopera. Ante de entrar en materia hemos de hacer una salvedad, que no es otra que indicar que desgraciadamente faltan algunos libros, los cuales desaparecieron en la Guerra Civil. Para suplir este vacío hemos tenido que recurrir a los Libros de Nacimientos del Registro Civil de Lopera. Gracias a ambos archivos, se ha podido completar todos los nacidos y bautizados con el nombre de Roque en Lopera en los últimos 400 años.

1.- El Origen del nombre de Roque

Roque, es probablemente un nombre de origen persa; en esta lengua roj significa "carro de guerra" y también "torre de ajedrez" (de ahí el término de "enrocar"). Pero el fonema "rro", siempre relacionado con manifestaciones de fortaleza y poder, como la guerra, el rugido, el estruendo, la roca, el trueno, está presente en las lenguas de nuestra cultura, por lo que se ha buscado un posible origen de Roque en el germánico hroc, que significa "grito de guerra". En cuanto a las palabras españolas roca, roque, roquedal, se considera muy probable que sea de origen celta, igual que guerra y carro, que también lo son y tienen estructura análoga. Como nombre propio nos viene de Francia, donde evoca también la idea de roca y de resistencia. En español tenemos los derivados roqueda, roquedo y roquedal referidos a roca, por una parte; y por otra, como forma propia de las Canarias, el nombre de Roque para varios islotes y peñascos del archipiélago: el Roque de Garachico, el Roque Bermejo, los Roques de Anaga, el Roque del Este. En Francia, en España, en las ex-colonias portuguesas, en algunos países de la América hispana y en Brasil hay numerosas poblaciones con el nombre de Roque o San Roque. Un nombre que hace pensar en la fortaleza y la resistencia de las rocas, en la fuerza de voluntad. Un nombre que inspira confianza. Quien usa este nombre puede ser idealista o utópico. Al aplicar su gran voluntad consigue una excelente capacidad de regeneración. La intimidad es un concepto clave a conseguir a lo largo de su existencia. Franqueza al hablar y al comunicarse


2.- Loperanos Nacidos y Bautizados con el nombre de Roque.-

Libro 3 de Bautismos del Archivo Parroquial (1588-1635)
Roque Marmolejo Liberta, nacido el 18-8-1591
Roque Aguilera Molina, nacido el 26-8-1601
Roque Gallardo González, nacido el 19-8-1606
Roque Ramos Jabalera, nacido el 25-8-1625
Roque Andújar Hidalgo, nacido el 18-8-1630

Libro 4 de Bautismos del Archivo Parroquial (1635-1701)

Roque Jiménez Ortiz, nacido el 27-9-1646
Roque de la Iglesia (debió de tratarse de uno de los muchos bebes que se dejaban abandonados en las puertas de la Iglesia, los cuales eran recogidos y se bautizaban con el nombre del día y el apellido de la Iglesia, son los llamados niños expósitos. De este concretamente no se conserva su partida de bautismo, pues al libro le fueron arrancadas algunas de las hojas)

Libro 5 de Bautismos del Archivo Parroquial (1701-1731)

Roque Francisco Pérez de Casas, nacido el 21-8-1712

Libro 7 de Bautismos del Archivo Parroquial (1743-1770)

Roque Partera de Ventas, nacido el 26-12-1763

Libro 8 de Bautismos del Archivo Parroquial (1770-1785)

Roque de San Juan Artero Hombrados, nacido el 18-8-1779
Roque Rosales Jabalera, nacido el 21-12-1780

Libro 9 de Bautismos del Archivo Parroquial (1785-1809)

Roque José Partera Navarro, nacido el 18-12-1793
Roque María Partera Alcalá, nacido el 31-5-1798

Libro 11 de Bautismos del Archivo Parroquial (1824-1839)

Roque José Partera Alcalá, nacido el 14-5-1829

Libro 15 de Bautismos del Archivo Parroquial (1859-1862) (Este libro se perdió en la Guerra Civil y sólo se sabe de él por un índice general que hay en el Archivo Parroquial)

Roque Partera Morales (desconocemos cuando debió nacer, pues no se conserva su partida de bautismo)
Roque Partera Martínez (desconocemos cuando debió nacer, pues no se conserva su partida de bautismo)

Libro 16 de Bautismos del Archivo Parroquial (1863-1967)

Roque José Partera Partera, nacido el 12-12-1864

Libro 17 de Bautismos del Archivo Parroquial (1869-1874)

Roque Ruiz Bruna, nacido el 22-11-1870

Libro 19 de Bautismos del Archivo Parroquial (1877-1880)

Roque Cipriano Bruna Cerezo, nacido el 16-8-1879

Libro 20 de Bautismos del Archivo Parroquial (1881-1883) (Este libro se perdió en la Guerra Civil y sólo se sabe de él por un índice general que hay en el Archivo Parroquial)

Roque de la Cruz Pérez Cuartero (no se conserva su partida de bautismo y sabemos que su nacimiento fue el día 14-9-1881 por la partida de nacimiento conservada en el Libro 9 del Registro Civil de Lopera (1881-1883))
Roque Bernardo Bruna Pedrosa (no se conserva su partida de bautismo y sabemos que su nacimiento fue el día 27-7-1882 por la partida de nacimiento conservada en el Libro 9 del Registro Civil de Lopera (1881-1883))
Roque Manuel Gutiérrez Bruna (no se conserva su partida de bautismo y sabemos que su nacimiento fue el día 17-6-1884 por la partida de nacimiento conservada en el Libro 10 del Registro Civil de Lopera (1883-1885))

Libro 21 de Bautismos del Archivo Parroquial (1884-1888)

Roque María Rodríguez Navarro, nacido el 16-8-1884
Roque de los Santos Reyes Gutiérrez Bruna, nacido el 6-1-1887

Libro 26 de Bautismos del Archivo Parroquial (1904-1907)

Roque Alcalá Cerrillo, nacido el 11-12-1905

Libro 32 de Bautismos del Archivo Parroquial (1917-1919)

Roque Cristino Bruna Bueno, nacido el 9-4-1918

Libro 35 de Bautismos del Archivo Parroquial (1923-1926)

Roque de la Stma. Trinidad Bruna Santiago, nacido el 17-8-1925

Libro 37 de Bautismos del Archivo Parroquial (1929-1931)

Roque Casado Bruna, nacido el 20-3-1930

Libro 40 de Bautismos del Archivo Parroquial (1942-1945)

Roque Nicolás Bruna Pedrosa, nacido el 20-9-1943
Roque Constancio Lara Partera, nacido el 12-12-1944

Libro 43 de Nacimientos del Archivo del Registro Civil (1937-1941)

Roque Francisco Bruna Menchen, nacido el 23-II-1939

Libro 64 de Nacimientos del Archivo del Registro Civil (1993-2000)


Roque Manuel Martínez Bueno, nacido el 20-X-1996 (Fue bautizado en el Santuario de la Virgen de la Cabeza el 23 de Noviembre y es el último loperano nacido que lleva el nombre de Roque)

Aquí finalizamos este pequeño estudio que hemos realizado sobre los Roques Loperanos, destacando que algunas familias como los Partera y los Bruna, llegaron a mantener el nombre de Roque para sus descendientes durante varias generaciones, esperemos que este hecho siga presente en Lopera y animamos a las nuevas generaciones para que sigan manteniendo y pongan a sus retoños el nombre de nuestro patrón.