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El loperano Enrique Bermúdez Hoyo pronuncia un brillante pregón cargado de emotividad y vivencias que tuvo gran acogida entre los loperanos

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Por José Luis Pantoja Vallejo - Cronista Oficial de la Villa de Lopera

Anoche se abrieron un año más la Feria de los Cristos con el tradicional pregón que este año fue pronunciado de una manera brillante por el loperano Enrique Bermúdez Hoyo, el cual tuvo el acierto de conjugar lo emotivo, lo vivencial y lo tradicional en un pregón que caló en los muchos loperanos que llenaban la Plaza Mayor de Lopera. aquí te lo dejamos integro para que lo puedas disfrutar: 

PREGON XLV DE LAS FIESTAS DE LOPERA 2013.

Sra. Alcaldesa, Sras. /res. Concejales, distinguidas autoridades, Reina y Damas de honor, amigos y vecinos, muy buenas noches. El poder compartir  con todos ustedes, este pregón de feria en homenaje a nuestros Cristos, es un auténtico honor; Y créanme que esta afirmación que hago con absoluta rotundidad, no es consecuencia ni del tópico, ni de la corrección política que exige un momento solemne como este, lo afirmo, porque lo siento en lo más profundo de mi corazón. Y si además, tengo el privilegio de hacerlo desde este balcón, desde esta maravillosa fachada de nuestro Ayuntamiento, y frente a las otras  dos joyas de nuestro patrimonio histórico, nuestro Castillo Calatravo y nuestra Iglesia, además de un honor, es también un inmenso placer. Por esta razón, lo primero que me corresponde hacer por cortesía, y como un loperano agradecido, es dar las gracias a las personas que me han honrado con esta distinción, y a ustedes, vecinos y amigos, agradeceros igualmente vuestra presencia aquí esta noche. Dicen los puristas que en un  pregón no pueden faltar tres cosas: las referencias históricas, las vivencias y experiencias personales y alguna mención al presente y al futuro. Como posiblemente no podré evitar el repetirme, prefiero dejar la Historia para los historiadores, para nuestro cronista, o para los ponentes de las jornadas de historia, que anualmente organiza nuestro Ayuntamiento. Yo prefiero compartir con vosotros, recuerdos y vivencias de nuestro querido  pueblo, y aunque mi relato pueda estar escrito de forma autobiográfica, en primera persona, no pretendo ser, sino  un simple cronista que tratara de relatar lo que vio, lo que oyó, y sobre todo lo que sintió. Con esta intención, y con la esperanza de que mi voz no se rompa por tantos recuerdos emotivos, os  propongo,  que nos traslademos por unos momentos  a aquel universo maravilloso, que para un niño, era Lopera hace casi medio siglo; Recuerdos en blanco y negro de un pueblo que todavía olía a auténtico pueblo. Es increíble la fuerza de los olores de nuestra infancia, esa asociación entre objetos o lugares y un olor, se graban en el cerebro de un niño de forma imborrable. Olores diferentes que según la época del año impregnaban nuestras calles; A tierra mojada de calles aun sin asfaltar, a pan recién hecho cuando pasabas por alguna de las tahonas que salpicaban nuestros barrios, Enriqueta, El chico Panadero, Paco Cobo, Pepa la del pan, Juan Criado, Juanito Porras, el Lute etc. 

Olores a dulces, que en  épocas señaladas, nuestras madres horneaban en los mismas panaderías, olor a matalahúva, a ajonjolí, a canela, a manteca de cerdo, roscos de agua ,de vino, de anís, almendrados o perrunas en navidad, olor a uvas maduras  y a bodegas, Mari Loren, El Castillo, B. Valenzuela, Herruzo,  ; Olor a moras maduras en el recreo de los grupos escolares, y siempre, siempre el olor por excelencia, sobre todos los olores ,el que manaba de los molinos, olor al maravilloso aceite de nuestra Campiña. Una vida sencilla que giraba en torno a tres pilares,  la familia, la escuela y la calle, como sencillos eran nuestros juegos y entretenimientos, los santos, la pita, el torico esconder, el rescate, qué decir de nuestros juguetes: Un simple aro forjado en la fragua de Pantoja, una espada de madera, o un carretón que nos hacía Chacho Lolo, o cualquiera de los carpinteros de Lopera. Algunos afortunados podían coger la bicicleta de su padre, eso sí, pedaleando de medio lado y por debajo de la barra. Los primeros trompos que comprábamos en la tienda de Antonio el de Girona, a los que les poníamos aquellas puntas especiales que llamábamos puntas de gavilán y que nos hacía el Niño Herrero. O unas simples guitas atadas a  unas latas de conserva para hacernos unos zancos con los que patear la calle.  Como pueden apreciar los más jóvenes, no nos  gastábamos en pilas ni un céntimo. 

¡Que pocos medios, pero cuanta imaginación! 

Cuando llovía, tampoco era un problema, las botas de agua y a meternos en los charcos, o aprovechar los caños abiertos que aun cruzaban muchas de nuestras calles, lanzando un palo para ver quien llegaba antes, a una meta previamente establecida.

 .- Tardes de Domingo en el Matiné por 5 pesetas.-  Acarrear palos después de la corta en nuestras propias casas o en las casas de los vecinos o panaderos.

.- Bajar a la Verja a buscar  arrezu.

.- Subirnos a los remolques de los tractores cargados de uvas procedentes de las viñas, y con destino a nuestras bodegas, juego peligroso que nuestros  padres nos tenían prohibido por  razones obvias.

- Irnos a bañarnos a la alberca de Alfonso “El Confitero” y como no comprar sus inolvidables caramelos de malmavisco.

Excursiones con nuestros maestros, Doña Rosita, Doña Paquita, Don Higinio, Don Manuel, Don Cayetano que hacíamos en las tardes otoñales, cogidos de la mano de dos en dos, al Pilar Nuevo, que nos parecía lejísimos y con la merendilla a cuestas, que nos habían preparado nuestras madres.

¡Cuantos y cuantos recuerdos entrañables!.

Qué decir de nuestras fiestas y tradiciones, nuestra Semana Santa, solemne, olor a Cera, deseando poder vestirnos de túnicos acompañando a nuestras imágenes, y que algunas semanas antes, ya preveíamos acercase, cuando comenzábamos a oír los ensayos de la banda tambores y cornetas, y al frente como siempre nuestro entrañable Juan Alcalá “Rubio Cartagena”.

Como olvidar las Candelarias, acarreando ramón,  capachos o trastos viejos, para tratar de hacer la mejor candela de Lopera en la puerta de Juanillo el Chófer; El Carnaval, noches inolvidables al brasero haciendo picaillos y tapando los cascarones con nuestras madres, con aquel pegamento de agua y harina, que llamábamos  gachuela.

Recogiendo los  juncos después de la procesión del Corpus, para que mi abuelo Enrique me hiciera un vergajo, o las farolas que me hacia mi abuelo Paco con las sandias en el día de Jesús.

Y siempre, esperando la feria, nuestros Cristos, feriantes, luces, casetas de turrón, columpios en la tapia del castillo, el carrusel, los caballitos, aun sin electrificar y que funcionaban por propia inercia con el empuje de los feriantes y algunos loperanos.

Siempre recordare de una forma especial, la vuelta del Cristo Chico al Santo Cristo, con aquellas banderas revoloteando al viento  entre un silencio absoluto, solo roto por el redoble de los tambores y las salvas de pólvora, momento solemne donde los haya, que se producía justamente debajo del balcón de mi casa, y que tenía el privilegio de ver en primera línea.

Lo único que me costaba aceptar de la época estival y a lo que no me llegue nunca a acostumbrar, era el tener que dormir la siesta, eso de encerrarnos durante 4 o 5 horas, a oscuras, para evitar las molestas moscas, en un camastro, y sin tener sueño, era un auténtico suplicio para un niño de 8 años que éramos pura vitalidad.

Me pasaba la siesta buscando excusas para abandonar aquel encierro, una de ellas era la voz lejana e inconfundible del Moreno el del helao, que pregonando su mercancía por alguna de las calles aledañas, me daba la excusa perfecta para pedirles a mis padres un duro y salir a comprar un corte.

Volvía lentamente a mi casa, sin prisas, aunque me achicharrara por el camino, por nada del mundo quería volver al camastro, siempre llegaba sin helado, no recuerdo muy bien si me lo comía o se me había derretido por el camino.

La siguiente y definitiva excusa que esperaba con impaciencia, para acabar con mi encierro, era aquel  ruido metálico, inconfundible, que provenía del Bar de mi abuelo Paco el Pelayo; Era mi tío Lorenzo, preparando las mesas y los sillones de la terraza; Esa era la prueba irrefutable de que la siesta había acabado y empezaba la maravillosa  noche Loperana.

Me lanzaba a la calle a buscar a mis amigos, a Diego el hijo de Pepín, a Juanito el de Juanillo el Chofer, Rafalin del Niño herrero, Cristóbal Merino y tantos otros, para irnos al paseo, corriendo, a ver las carteleras en los cines de verano, el cine de Manuel  o el cine de Cerrillo; Aquella estampa me parece estar viéndola y oliéndola.

Las casetas del helado de Miguel y del Moreno ya estaban abiertas, el Rabio, en el primer asiento de chinas, prepara su caja de higos chumbos, mientras los cuatro quiscos se ponían a punto, con el ajetreo lógico colocando las mesas y sillas, y el paseo, recién regado por Partera, manaba aquel inconfundible olor a tierra mojada.

Anocheciendo, volvíamos a nuestras casas para coger el bocadillo antes de ir al cine, y ya estaba allí el coche correo de Ureña y un gentío enorme que diariamente se concentraban en la puerta del Bar del Pelayo.

Volvíamos al cine, y la secuencia siempre era la misma, primero el Nodo, que no podía faltar, después comenzaba la película y aproximadamente media hora o ¾ de hora después,

¿Recordáis lo que ocurría? “CAMBIO DE ROLLO”

Era entonces obligado correr hacia la puerta de entrada, y si estabas en el cine de cerrillo, allí estaría fiel a su cita, el entrañable Angelillo con su puesto de pipas y chucherías y nuevamente el Moreno con su carro de helados y napolitanos.

En el Cine de Manuel, el Cervantes, no teníamos esa opción, pero tenía una ventaja muy importante con respecto al cine de Cerrillo, “era mucho más fácil colarse”, con la excusa de que ibas a buscar a tu padre a la jaula, el bar que había en el interior, y la ayuda inestimable de aquel portero entrañable, Antonio Cañones “Kiko”, podías colarte y ahorrarte  unas pesetillas.

El fin de la película, era también  el fin de un día, un día repleto de vivencias, juegos y diversión.

Después del cine, cansados, todavía  quedaban unos minutos entrañables antes de ir a dormir, y que recuerdo con mucha añoranza, la mecedora a la puerta de la casa, donde  caías rendido , y poco a poco, te ibas quedando dormido con el ruido de fondo de las conversaciones que tus padres mantenían con los vecinos que bajaban del Paseo de regreso a sus hogares; Con ese saludo loperano inconfundible de cualquier vecino al pasar; Enrique, Paquita, ahí os quedáis, andar con Dios contestaban mis padres, o ese otro saludo magnifico, ejemplo de concisión  AAY    heeee. O viceversa.

A pesar de todo, no caeré en la tentación de afirmar que tiempos pasados fueron mejores, aquel  era el mundo de niños, que solo pensaban en jugar y en divertirse, qué duda cabe de que eran tiempos difíciles para nuestros padres y nuestros mayores.

Hoy vivimos en un pueblo moderno, con magnificas infraestructuras de comunicación,  con un hospital a 20 minutos, una ambulancia disponible las 24 horas, un hogar del jubilado para nuestros mayores, unas instalaciones deportivas de primer orden; un Voluntariado de Protección Civil.  Que decir en el aspecto cultural, nuestros Grupos escolares, el Instituto, una nueva biblioteca en construcción, la rehabilitación del Castillo y la Tercia, que por cierto, está quedando de lujo, y que no me cabe duda de que el Equipo de gobierno, sabrá darle el contenido cultural que tan emblemático lugar merece.

Todo esto que acabo de mencionar, es auténtico progreso, progreso del bueno, porque hablamos de Cultura, Deporte, Sanidad, de Educación, del cuidado de nuestros mayores, el progreso al que no debemos renunciar, logros que debemos defender con uñas y dientes porque es parte del legado y del esfuerzo de nuestros mayores, y por supuesto nuestro.

Pero este Progreso, no debe ser incompatible con algunas de las características de la vida de antaño, de ese tipo de vida que antes hemos relatado, una vida sencilla, en la que básicamente importe lo fundamental, lo esencial, más conversación, más tranquilidad, más comunicación, más solidaridad.

No nos debe interesar el otro progreso, el que tiene como base lo superficial e inútil, menos posesiones, menos prisas, menos correos electrónicos, menos mss,  menos tv, menos comprar por comprar, todo aquello que al final nos esclaviza y nos crea el desasosiego, el miedo y la incertidumbre, que nos pudre por dentro.

Vivimos tiempos difíciles, pero somos un gran pueblo, un pueblo con 500 años de historia, que sabrá sobreponerse si somos capaces, no solo de adaptarnos a los cambios que la Historia nos impone, sino de promoverlos, con esfuerzo, con emprendimiento y solidaridad, La solidaridad que siempre vi en  las gentes de mi pueblo, en mis vecinos más cercanos cuando yo era un niño.

Hace unos días, tomando una cerveza en el Bar Marrilla, que regentan mi amigo Diego y su mujer Carmen, quien en el trascurso de una conversación informal  me decía  que estaba muy agradecida al pueblo de Lopera, porque ayudo a su padre, un hombre humilde que sin saber leer ni escribir, tuvo el valor de poner un negocio, y sus parroquianos y clientes, le ayudaban haciéndole incluso las cuentas cuando tenía que cobrar; Y me decía con orgullo y gratitud, “y nunca le engañaron”.

Este es un ejemplo hermoso de lo que antes decía, de emprendimiento y solidaridad.

Gentes maravillosas y además, con mucho talento, las que han salido de este pueblo, escultores, pintores, músicos, Pedro Monje, Rafael Toribio, Paco Cantero, Julián Gallego, Juan Manuel Pérez,   Juanito Ruedas, José y Pedro Morales, auténticos artista, que no son más que un pequeño ejemplo que sin duda demuestran lo que digo.

En la esquina de esta Plaza sin ir más lejos, vive Ángela Uceda, una autentica artista autodidacta, con unas manos  e ingenio prodigiosos,  a la que todos conocéis y que a sus 95 años sigue trabajando diariamente con gran ilusión,  y que si alguien aún no conoce su Museo de Arte Naif, Muñecas y objetos reciclados a partir del plástico, os invito a que visitéis, que su sobrina Pepita os mostrara con mucho orgullo y amabilidad.

Por cierto, hablando de Pepita, hoy he tenido el privilegio de probar sus famosos roscos de agua, y doy fe de que son magníficos.

En fin, tanto hemos retrocedido en el tiempo, que me parece estar oyendo la sirena de la Fábrica Cabrera, “la Becerra”, anunciando el cambio de turno, para que podamos admirar la belleza de las mujeres loperanas.

Quiero terminar este pregón esperando que los sentimientos, emociones y recuerdos, hayan aflorado, ese era mi principal propósito, si lo he conseguido, me doy por satisfecho.

Permitidme antes de acabar, dar las gracias a mis padres por la decisión difícil que hace medio siglo tomaron, anteponiendo el bienestar de sus hijos al suyo propio, iniciando una nueva  vida lejos de su pueblo y sus seres queridos; Decisión que si es difícil de aceptar para un niño, lo es mucho más para personas adultas con su vida totalmente arraigada en su pueblo.

Me comprometo ante todos vosotros, a que seguiré pregonando a Lopera allí donde me encuentre y que al igual que hice con mis hijos,  tratare de inculcar a mis nietos “cuando los tenga” el amor que siento por este pueblo, para que lo sigan honrando con el mismo orgullo que yo siento.

Os deseo a todos unas felices fiestas, olvidaros por unos días de los problemas, y que disfrutéis con vuestros amigos y familiares.

Loperanos, Loperanas.

¡Viva Lopera!,

¡ Vivan nuestros Cristos!

Hasta siempre. Gracias.

Enrique Bermudez Hoyo

Lopera 24-8-2013

Domingo, 25 de Agosto de 2013 08:12 Autor: José Luis Pantoja Vallejo. cronistadelopera #Cronista de Lopera. Noticias de Lopera




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