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Bosquejo literario del loperano Manuel Merino Valenzuela (R.I.P.) a sus queridos Pozos de Talero

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Por José Luis Pantoja Vallejo - Cronista Oficial de la Villa de Lopera

A continuación reproducimos una parte del texto "Pozos de Talero. Un hito en el desarrollo de Lopera" que mi buen admirado, compañero y amigo Manuel Merino Valenzuela (R.I.P.) ofreció en las Jornadas de Historia de Lopera y que con una pluma envidiable nos encandiló a todos los presentes. Con la publicación del mismo quiera rendirle un pequeño homenaje a una gran persona que amaba porfundamente a su pueblo, a sus gentes, a sus raices y con el que tuve el privilegio de compartir momentos inolvidables. ¡Querido D. Manuel siempre te tendremos presente en nuestros corazones!

 "Fue una soleada mañana de aquel verano del 56 cuando montados en una vieja camioneta que era propiedad de Luis “El de las sardinas” y que este dejó a mi padre para la ocasión, llegamos por primera vez a Los Pozos de Talero. Mi padre conducía el vehículo y junto a él viajaba mi madre con mi hermana Beni en su regazo. Atrás, en la caja de la camioneta y junto a un mas bien escaso mobiliario y enseres domésticos, íbamos mis abuelos Manuel y Benita; mi Tío/abuelo Julio Merino; mi Tía Lorenza, su esposa, y sus hijos, mis primos, Cristóbal, Margarita y Maruja; mi hermano Diego y yo. Un festivo día de campo nos acompañó a modo de bienvenida, en una alegre jornada en la que ni siquiera faltó la nota colorista de un helicóptero que a baja altura sobrevoló el lugar pasando un par de veces por encima nuestra. Sin duda que a la tripulación probablemente debió llamarle la atención tan festiva concentración. Tengo que decir que la labor de Juan Merino no solo se circunscribía a la puesta en marcha y cuidado de la moderna maquinaria de que estaban dotadas las instalaciones, sino que, por el contrario, y al ser mi padre persona polifacética, de lo que seguro podrán dar fe cuantas personas lo conocieron y trataron, abarcó desde el principio y en el más amplio sentido del termino, todas las labores de mantenimiento y conservación. Así pues ocurría que cuando se producían averías, o bien en el sistema de bombeo del agua, o bien en el tendido eléctrico, o bien en la conducción de agua hasta el Cerro de San Cristóbal, era mi padre quien procedía a su reparación. En un principio solo; ya cuando yo y mi hermano Diego estuvimos más grandes, le ayudábamos, y en otras ocasiones y cuando el caso lo precisaba, auxiliado por conocidos o amigos u operarios que ponía a su disposición el ayuntamiento. En este sentido tengo que hacer referencia a los hermanos Aldehuela, Cristóbal, ya fallecido, y su hermano Maximiano, a quienes en más de una ocasión y cuando yo era aún muy pequeño (contaba solo 6 años de edad cuando mi padre tomó posesión del puesto) recuerdo verles ayudar a mi padre. Los referidos hermanos Aldehuela eran los hijos de Andrés Aldehuela y de su esposa Paz, que junto con sus también dos hermanas; Matilde y Mari Paz habitaban en la que se conocía como casilla de Navarrete, el abogado que, como ya queda dicho tanto litigó con nuestro ayuntamiento. Hoy derribada, estuvo situada junto al borde mismo de la antigua N-IV, carretera general Madrid-Cádiz y a unos cien metros de Talero.

Como quiera que los tiempos eran de penuria y el salario la verdad no daba para mucho, mi padre, polifacético siempre, se vio en la necesidad de tener que pluriemplearse para poder mantener y sostener a la familia, que pronto fue numerosa con el nacimiento de mi hermana Maria y mis subsiguientes hermanos Juan y José.

Fue así  como  mis abuelos paternos y maternos echaron una mano para ayudar a mi padre, hasta que siendo algo más grandes mi hermano Diego, y yo, principalmente,  tuvimos que arrimar el hombro y contribuir también en la labor.

De esta manera fue como este que os habla, dedicó toda su adolescencia y buena parte de su juventud a llevar, yo solo, los Pozos de Talero. De un gran maestro, como fue mi querido y añorado padre, aprendí todo lo que era necesario saber sobre motores eléctricos, bombas de agua, instalaciones y tendidos de alta tensión, etc., etc. Siempre amparado y acompañado por mi padre, mientras él se compró un viejo coche americano, de la marca Studebaker y sacó la licencia de taxista; profesión que ejerció y simultáneo con su puesto de Guarda Encargado de los Pozos de Talero.

Al principio a pié, después en bicicleta y los dos últimos años en un coche que me compró mi padre por 3.500 ptas., marca Austin 10 del año 1939 y con el volante a la derecha. Por el camino de las Esperillas y Monteviejo, andando unas veces; o bien por el camino de los lobos, o cuando tenia más ganas de darle a la bicicleta, dando la vuelta por la carretera de Andujar y los llanos de Arrellano y el Conde, y no pocas veces también volviendo a Lopera en bicicleta por la cuesta peralta y la carretera de Villa del Río, durante muchos años los citados caminos me condujeron a los Pozos de Talero, lugar que se convirtió para mí en una especie de reino en el que mientras llevaba a cabo mi trabajo de la mejor manera que supe y pude, estudiaba; leía. Leía  mucho; escuchaba la radio en un viejo aparato de mis padres de lámparas de wolframio, de la marca philips, y en definitiva, me ilustraba cuanto podía. Y por la tarde noche, al regreso de mis quehaceres diarios, a dar clase con Don Francisco Valenzuela, con quien terminé el bachiller.

Son muchos y casi incontables los recuerdos que, como ya he dicho, guardo de aquellos años. De forma somera y para no aburrir a la audiencia, referiré algunos:

Para empezar diré que conocía a la perfección y palmo a palmo todo el territorio circundante en varios kilómetros a la redonda. Las Caserías o Cortijos, las gentes que los habitaban; los loperanos que a diario se desplazaban a la zona a trabajar en el campo, etc. Recuerdo con especial agrado, como en las tardes noches de verano acudían los caseros de las caserías circundantes, con sus proles correspondientes, a admirar talero iluminado con luz eléctrica, al tiempo que departían con mi familia que, gustosa los agasajaba con lo que podían, mientras que algún que otro chiquillo, admirado por la potencia lumínica de las bombillas, tiraba del pantalón de su padre al tiempo que le decían: “Papa, estos candiles si que alumbran”. Las fiestas que se organizaban entre las  jóvenes y los jóvenes de las caserías de la zona, que en animados grupos se visitaban unos a otros mientras cantaban y bailaban. Fiestas estas que tenían un especial sabor en las nochebuenas, en que los recorridos se hacían de noche, abrigados contra el frío en muchas ocasiones y a la luz de las linternas y de los carburos. Las matanzas, que puntualmente se hacían en todas las caserías y que congregaban asimismo a muchas personas de la vecindad, que además de ayudarse entre sí, convertían  el evento en un autentico acontecimiento lúdico-festivo. Calidos inviernos y frescos veranos; y digo bien, porque en los inviernos o bien encendía  la chimenea o bien ponía la estufa de resistencia eléctrica que caldeaba rápidamente el ambiente, y en verano con los baños que me daba en la alberca del abogado Navarrete y que hacía las delicias no solo mía sino de muchos de mis amigos y gente de Lopera que en la época del estío me visitaban  constantemente. Díganlo sino compañeros y amigos como Pepe Herrador Haro y su primo Pepe Haro Herrador; José Luis Cortes Cabra; Antonio Risoto Rojas; Antonio López Alcalá; Germán García Santiago y sus hermanos; Felipe Lara Guerrero; Francisco Cantero Lara; Antonio Padilla; Benito Vallejo Jiménez, y un largo etc. Buenos días de campo, apacibles siestas y alguna que otra correría protagonice con muchos de ellos. Presto siempre a escuchar la radio, pues gustaba siempre de estar bien informado en todos los sentidos, en muchas ocasiones sintonicé, en aquel viejo aparato philips, en cuyo cristal frontal aparecían infinidad de capitales europeas y americanas, emisoras extranjeras en onda corta: Radio Francia Libre en sus emisiones desde París para España e Iberoamerica; Radio España Independiente, estación de la Pirenaica, portavoz del partido comunista, en sus emisiones que mucho años después pudimos saber que hacía desde Praga y en las que en muchas ocasiones escuche la voz de la Pasionaria; La radio Vaticana en su emisión en español; además de la radio española. Me mantuve informadisimo por tal motivo de grandes acontecimientos de la época, como la muerte del Papa Juan XXIII; o el asesinato, ese mismo año, de Jhon Fizgeralt Kennedy, en Dallas el 22 de Noviembre de 1.963. Los discursos del generalísimo Franco; La guerra de los seis días en 1.967 y  la muerte en Bolivia, ese año, del Ché Guevara; los acontecimientos de París de Mayo del 68 y el asesinato en el verano de ese mismo año de Robert (Boby) Kennedy en el hotel Ambassador de Los Ángeles; la llegada en el verano del 69 del hombre a la Luna con el Apolo XI, etc., etc.,  etc. La carretera general era zona de distracción permanente y motivo de peregrinaje de mucha gente de Lopera que se desplazaba los domingos hasta allí, por el simple placer de ver pasar los coches.  Recuerdo especialmente la famosa comitiva que en el año 1.966 tuve la oportunidad de ver pasar dos veces al día, una por la mañana y otra por la tarde, del entonces Jefe del Estado y del Rey Hassan II de Marruecos, que invitado por el caudillo Franco se desplazaban por la mañana desde el Parador de la Arruzafa en Córdoba, lugar de residencia de ambos estadistas, hasta el Lugar Nuevo, en Sierra Morena, y vuelta por la tarde de nuevo a Córdoba, y así durante toda una semana en que el generalísimo tuvo de invitado al rey marroquí, cazando  en sierra morena. En aquella ocasión mucha gente de Lopera, conocedora del acontecimiento, entre otras cosas porque yo alerté a muchos, se desplazaban hasta la general por la tarde, con sus meriendas, para ver pasar tan regia comitiva. La Guardia Civil de todos los pueblos de los alrededores, apostados a unos cien metros de distancia uno de otro, cubrían carrera, y al paso de la comitiva, que la iniciaba un vehículo que algo mas adelantado que el resto y con potentes luces centelleantes encabezaba la marcha, paraban la circulación y presentaban armas. Son tantos y tantos los recuerdos almacenados, que habría para escribir todo  un libro. Conocí épocas de grandes lluvias y por tanto muy abundantes en agua, y otras de enormes sequías en las que apenas si se podía suministrar el agua que consumía el pueblo. El Invierno de 1962/1963 fue especialmente abundante en lluvias y como quiera se dio también una formidable cosecha de aceituna, no se daba abasto para suministrar el gran consumo de agua que se producía, con todos los molinos de aceite funcionando y especialmente la cooperativa. Ese invierno doblábamos el turno; es decir, que después de volver a casa para cenar, regresábamos a Talero para continuar durante toda la noche “sacando agua” para el pueblo. Los veranos del 66 y 67, creo recordar, fueron especialmente aciagos, pues debido, supongo, a cambios de frecuencia de la tensión eléctrica que nos suministraba la Sevillana, reventaban, literalmente, los trasformadores. Los Hnos. Martínez Cano de Andujar y su maestro Gabi, que vive y puede dar testimonio de ello, no terminaban de reparar uno cuando ya había reventado el que dejaban puesto en su lugar. En una de esas ocasiones reventó uno ante mí y creí que no salía vivo de la explosión. Se montó entonces un potente motor de Gasoil, pero aquello ya no era igual. Un ruido infernal hacía casi inhabitable la casa. Ni podía estudiar, ni mucho menos escuchar la radio. Menos mal que aquello fue circunstancial.

Como dato para la historia, diré también que siendo alcalde Don Eleuterio Risoto Carrasco, mandó a mi padre llevarse la gran piedra de mármol de color rosa que había en la puerta del ayuntamiento y conocida por el “echaero”, a los Pozos de Talero, donde mi padre la puso a modo de mesa sobre un rulo de granito de los antiguos molinos de aceite y la colocó entre las dos frondosas higueras que había a la puerta de la casa; sirviendo durante mucho tiempo para refrigerio y comidas de la mucha gente que visitaba el lugar. Dicha piedra de mármol es hoy, por cierto, el altar de la ermita de San Isidro. 

Se sucedieron años de sequía. La Caña la Orden” ya no era la misma. El agua escaseaba cada vez más, y así es como se empezó a racionar el agua en Lopera. Después yo me marché a la gran ciudad y mi hermano Juanito tomó el relevo. Siempre en contacto con Lopera, con mi familia y con Talero, supe que se montó un dispositivo para llevar agua a los sedientos pozos con una gran cuba que la llenaban y la transportaban desde el Saetal mi padre y el propietario del camión, Francisco Teruel, ya fallecido también, quiénes durante mucho tiempo estuvieron dando varios viajes todos los días, para poder paliar, lo que se conseguía a duras penas, la terrible consecuencia de tan prolongadas sequías. Talero fue languideciendo, y así fue como tras comenzar a suministrarse a la población de agua procedente del pantano del Quiebrajano, los Pozos de Talero fueron definitivamente clausurados a finales del año 1.975. Mi padre cambió su puesto de guarda y encargado por el de guardia municipal, en cuyo cargo permaneció hasta su fallecimiento en el año 1.989, a la edad de 65 años. A veces en mis sueños veo todavía aquella hermosa y bonita casa, rodeada de olivos, huertas y árboles frutales; la chimenea encendida; la mesa estufa con el aparato de radio en el centro; las penurias que pasábamos mi padre y yo y las personas que a veces nos acompañaban y ayudaban, recorriendo en los hoscos y  fríos días de invierno la línea eléctrica para reparar las averías y reponer los postes caídos al suelo; los guardas de la hermandad de labradores: Antonio “El Taranto”, Paquito “Niño”, Pedro Bueno Taravilla. Andrés Vallejo “El esquilaor” y Manuel De La Torre Barbosa, que tanta compañía me hicieron durante muchos años; la Guardia Civil, que patrullaba los campos a caballo y a cuyos animales daban de beber en Talero, con aquellos enormes capotes que llegaban hasta la cola de los equinos que montaban; los extranjeros (les llamábamos “los franceses”) que paraban al borde de la carretera con aquellas hermosas caravanas, para descansar y refrigerarse de sus largos viajes; los chiquillos de los cortijos que se admiraban ante la luz eléctrica que ellos no tenían en sus caserías; el abogado Navarrete, que siempre con semblante mas bien hosco, le veía pasar muchas tardes recorriendo su finca con aquel morrillo que le obligaba a caminar siempre mirando al suelo y que, a veces, cuando se percataba de mi presencia levantaba su vista hacía mi en un ejercicio en el que precisaba mover todo su cuerpo sacando buche, para decirme mirándome socarronamente por encima de la montura de sus gafas: “Niño, estudia, que si eres aplicado puedes llegar a ser hasta obispo”….. En fin, todo un bagaje que conforma una parte muy importante de mi vida, al tiempo que forma parte de una pequeña pagina de la historia de nuestro pueblo, de la que yo fui participe.

Hoy, Talero permanece, pero en ruinas. Es como si se resistiera a desaparecer. Parece ser que no ha interesado su recuperación ¡lastima! Los pozos siguen estando allí, llenos de agua. Yo los visito de vez en cuando y siempre que lo hago regreso entristecido. Allí sigue todo, pero señor ¡cuanta ruina!

Como alguien diría, parodiando al poeta:

 

Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora

ruina y soledad, mustia hondonada,

fueron en tiempos la Talero famosa.

 

 

Viernes, 24 de Febrero de 2012 13:16 Autor: José Luis Pantoja Vallejo. cronistadelopera #Cronista de Lopera. Anécdotas y curiosidades




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