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José Luis Pantoja Vallejo

LOPERA UN PUEBLO MINADO DE REFUGIOS DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA.

LOPERA UN PUEBLO MINADO DE REFUGIOS DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA.

(Refugio de la Guerra Civil. Casa Morales, C/ Real, 17)


Por José Luis Pantoja Vallejo - Cronista Oficial de la Villa de Lopera.

Un reclamo turístico para poner en valor. En Lopera se libró uno de los episodios más sangrientos de la Contienda Civil Española; en las Navidades de 1.936, dentro de la “campaña de la aceituna” aconteció la conocida como Batalla de Lopera, que este año cumplirá su 70 aniversario. Procedente del conflicto, atesora un rico patrimonio desparramado por el término municipal: trincheras, nidos de ametralladoras, bunker, observatorios, etc. Y hasta un museo de la Batalla de Lopera en el interior de una de las torres del castillo de la Orden de Calatrava. Además de todo ello, conserva en pleno casco urbano una docena de refugios que fueron utilizados por el personal civil que se quedó en la localidad durante los tres años que duró el conflicto, no más de 300 personas (mujeres, niños y ancianos) de los 7.511 habitantes que contaba la localidad poco antes del estallido de la guerra. La inmensa mayoría de los refugios que se utilizaron durante la Guerra Civil en Lopera no se concibieron en su día para tal fin, ya que su construcción data de antes del inicio de la guerra. Se trataban de los sótanos de las casas, normalmente de los vecinos más pudientes de la localidad, que los utilizaban como despensas o neveras donde almacenaban sus alimentos. Según hemos podido constatar, salvo algunos como el que hicieron a pico y pala los hermanos Juan y Julio Merino o el que se hizo delante de la puerta principal de la Iglesia Parroquial, los demás ya estaban construidos. Sin embargo, no dejan de ser interesantes por su tipología constructiva, pues cubrieron con creces su función como verdaderos bunker o refugios y ayudaron a paliar en cierta medida el problema de los bombardeos y cañonazos que tuvieron que afrontar las familias que optaron por quedarse en Lopera en el tiempo que duro la Contienda Civil Española. En los muros de estos lóbregos edificios, testigos de primera mano, han quedado escritos una de las páginas más tristes de nuestra historia contemporánea, allí se hacinaban personas mayores que daban cobijo con sus oraciones a los “niños de la guerra” que ajenos a lo que ocurría en el exterior no cesaban de hacer tropelerías a los mayores. La experiencia de esta terrible tragedia, nos lleva a pensar que hoy, 70 años después, sería importante que estos “testigos mudos” como son los diversos refugios de la localidad se pusieran en valor y se pudieran visitar por las nuevas generaciones, pues forman parte de las vidas de muchos loperanos que tuvieron que pasar por el mal trago que supone una guerra. Aunque casi todos los refugios (excepto el de la Tercia y cuevas) se encuentran en domicilios particulares y sus accesos se tendrían que hacer a través de las casas, si que se podía llegar a un acuerdo con sus dueños y establecer visitas en unos horarios pactados para que pudieran ser puestos en valor.

De los 23 refugios que se llegaron a utilizar por la población durante la guerra, quedan en pie una docena siendo el de la Familia Peña Medina, ubicado en la calle Alfonso Orti el mejor conservado de todos los refugios, a pesar de que su construcción es muy anterior a la Guerra Civil. Posee dos naves, la primera tiene las siguientes dimensiones: 6,90 metros de largo x 3 de ancho x 2,20 de alto y la segunda nave posee las mismas dimensiones pero tiene de ancho 2,50 metros. Otro refugio, muy interesante, se conserva intacto en la Casa Rueda, Altozano, 4. Sus dimensiones son de 10,25 metros de largo x 1,95 de alto x 3 de ancho; en total unos 30 metros cuadrados. Tenía una capacidad para unas 80 personas. En uno de los bombardeos un proyectil llegó a taponar su entrada, dejando encerrados en el refugio a todas las personas durante unas angustiosas horas, hasta que pudo reabrirse por los soldados. Uno de ellos Francisco Moreno Moreno recuerda que “en los refugios los niños no queríamos estar e inventábamos excusas para salir y cuando cañoneaban, las mujeres se pasaban todo el rato “Santa Bárbara bendita que en el cielo estás escrita...”

El refugio existente en la casa de la familia Merino, Carretera Porcuna-Doctor Fleming, 2, fue realizado sobre tosca por los hermanos Juan y Julio Merino. De trazado irregular, posee un pasillo estrecho través del cual se accede a una pequeña habitación y un nuevo pasillo da paso a otra que comunica con el pozo de agua de la casa. Se encuentra en buen estado de conservación. En el se refugió, entre otras, la familia de Luis Valenzuela Lara, el cual recuerda que “cuando venían los aparatos para bombardear, nos metíamos en el refugio de Julio Merino que tenía 4 velones y nuestra cosa no era otra que apagar los velones para dejar el refugio a oscuras. Allí estaba un carpintero que era muy cobarde y decía traer sábanas para hacer vendas por si acaso nos hieren a alguno”. Y su hermano Benito Valenzuela Lara nos comentaba algo que confirma la ajenidad de los niños a la guerra “Los niños no estábamos tan chuceados como los de ahora, antes cuando veíamos una rodilla de una mujer nos volvíamos locos, recuerdo que nos acostábamos en los refugios esperando que las niñas bajaran las escaleras del refugio para verle las piernas. El refugio de la casa Cabrera, calle Pablo Iglesias, 1, está en perfecto estado de conservación. Sus dimensiones son de 4,10 metros de largo x 1,80 de alto x 3,55 de ancho. En otro tiempo se utilizó como improvisada cárcel. El de la casa Espín, Calle Vicente Orti, 2, está en regular estado de conservación. Sus dimensiones son de 5,30 metros de largo x 2,45 de alto x 3,15 de ancho. En total unos 15 metros cuadrados. El de la casa Morales, Real, 19, es sin duda el más amplio de todos. Consta de 12 arcos de medio punto de ladrillo, con unas dimensiones de 14,90 metros de largo x 1,95 metros de alto x 3,10 metros de ancho. Se encuentra en buenas condiciones aunque necesita una restauración. Paula Coca Casado de niña se refugió en él, del mismo recuerda que “estaba muy oscuro y yo me asustaba mucho. Una mujer llamada Clara Losa nos decía: no os metáis ahí que como caiga una bomba os van a matar”. También nos comenta que se refugió cuando se iba con su tía Marina que vivía en la C/ Hospitalico, a la cueva de Anguita que estaba a la mitad de la C/ Cuesta. Recuerdo, asimismo, que “antes del bombardeo sonaba una campana y en cierta ocasión de tanto tocar y ruido se nos soltó un cochino que teníamos en casa y se escapó”. En otra ocasión les cogió el bombardeo jugando en la verja y se tuvieron que meter en un túnel del desagüe que había al final de la verja. El refugio de la casa de Manuel Herrero Sánchez, C/ Hospitalico, 45. Se trata de un refugio cueva, realizado en la tosca por Antonio Valenzuela y está compuesto de dos partes, una primera con unas dimensiones de 4,80 metros de largo x 1,95 de alto x 2,50 de ancho. El segundo cuerpo tiene 3 metros de largo x 1,80 de alto x 2 metros de ancho. Está en perfectas condiciones y se utiliza como un pequeño taller. Las 11 Cuevas a la entrada a Lopera por la Carretera de Porcuna, también se utilizaron como refugios. Las mismas datan del año 1.828 y disponían de varios cuerpos. Cuando Franco pasó por Lopera en los años 50, mandó que se derribaran y se construyeran unas casas nuevas para sus inquilinos en el barrio Pradillo Guijoso. Finalmente sólo se derribo la parte delantera del primer cuerpo. En la actualidad algunas están abandonadas y otras han sido ocupadas por vecinos de Lopera guardando en su interior leña, carbón y en otro tiempo se cultivaron hasta setas.

Otro refugio es el que alberga la Casa de la Tercia baja. Durante el tiempo que duró la toma de Málaga, muchos loperanos lo pasaron en la Tercia baja, donde cocinaban, se lavaban y hasta hacían sus necesidades sin salir del mismo. En la casa Navarro. Calle Avda. Andalucía, 25 sabemos de la existencia de otro refugio, al mismo se accede a través de una escalera que hay en la alacena de la casa. Es de unas dimensiones reducidas, aunque está en perfectas condiciones. Se trata de una bóveda de medio cañón de ladrillo con unas dimensiones de 4,30 metros de largo x 1,60 de alto x 1,50 de ancho. Igualmente la casa de Antonio Pastor, Calle Pilar, 55, cuenta con otro refugio, se trata de un espacio con bóveda de cañón a base de ladrillo visto con las siguientes dimensiones: un acceso de unos 3 metros con escalera y una sala con 10,10 metros de largo x 2,30 de alto x 3,65 de ancho. Tiene una perfecta conservación. La casa del Holandés en Calle Cuesta, 2. Se trata de un refugio-cueva excavado en la tosca de enormes dimensiones ya que comunicaba con el castillo. A mediados de los 90 fue tabicado por el Ayuntamiento, pues parte del mismo se hundía al pasar por encima los camiones. Por el pasadizo del mismo se llegaron a perder varios cerdos por sus galerías y nunca fueron encontrados. Se conserva en perfecto estado de conservación con unas dimensiones en el pasillo de acceso de 4 metros y una sala de 7 metros de largo x 2,10 de alto x 5 metros de ancho. Por último mencionaremos el refugio que hay en la casa Valenzuela Rueda, Calle Doctor Marañón,4. En la actualidad propiedad de las Hermanas del Hospital de San Juan de Dios. Muy remozado, se utilizó durante un tiempo como bodega. En la actualidad se utiliza como almacén de provisión de alimentos para la residencia. Llegó a tener bóveda de cañón con arcos de medio punto. Hoy están todas sus paredes alicatadas y la techumbre con cielo raso. Sus dimensiones son de 14,90 de largo x 1,95 de alto x 3,10 de ancho.

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